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jueves, 11 de abril de 2019

Proceso al Teologo Benjamín Forcano


PROCESO EXTRORDINARIO  A BENJAMÍN FORCANO POR SU LIBRO NUEVA ÉTICA SEXUAL

  (A pesar del CONCILIO VATICANO II)


A pesar del concilio Vaticano II.
Proceso extraordinario a Benjamín
Forcano por su libro
“Nueva Ética sexual”.





Analizando la realidad, anterior y posterior al concilio Vaticano II, investigadores e historiadores, coinciden en un     hecho indicativo: ¿Cómo es posible  que cuantos peritos –        teólogos primordialmente- que prepararon, asesoraron y dieron cuerpo doctrinal al concilio,  fueran censurados y retirados de su enseñanza?  Ese movimiento anticonciliar se erigió en juez y norma en el posconcilio para toda la Iglesia.
            ¿Pero, no debiera ser el concilio quien a todos juzgara y pusiera acordes con su nueva             doctrina? Ahora, el Papa Francisco, está reponiendo las cosas en su lugar: primero el Concilio  y en fidelidad a él todo lo demás. ¿Será caso de juzgar a los que indebidamente juzgaron y condenaron?  ¿O habrán aprendido a enmendar, pedir perdón, y devolver la credibilidad a la Iglesia que tanto robaron? 



                                        E N T R E V I S T A
                                                Por Edgar Cárdenas

Vivió usted un proceso extraordinario con Roma por su libro Nueva Ética Sexual, publicado en el 82. Revolucionario.
            Sí, un proceso iniciado por Ratzinger, entonces  Prefecto de la   Congregación para la Doctrina de la Fe  (CDF) . Ya mi libro llevaba  dos años de  publicado y   buena parte  había salido con el nihil obstat de la autoridad eclesiástica.
No sería entonces tan heteredoxo .
             La doctrina que yo proponía no era ninguna novedad, era bastante común en la Iglesia   y coincidía  con la de otros moralistas de prestigio.  A pesar de ello, “se me señalaban  algunos errores , que  habrían causado malestar y podían perturbar la conciencia cristiana de los lectores”. De ahí,  el  Proceso  extraordinario  por  la “gravedad y urgencia de la cuestión”.
¿Le comunicaron las razones  de esa gravedad?    
No. Pero se lo  pregunté a un  entendido del tema y me dijo: se debe a que la doctrina  que propones es obviamente herética y hay que atajarla rápido,  sin esperar a un  proceso ordinario.
Y me añadió: “Mira si tiene importancia esto que  el Prefecto, Ratzinger en este caso, tiene obligación de leer el libro”.
Digo esto porque luego pude enterarme  que mi profesor Häring  y mi Superior general,  cada  uno por su parte, le pidieron  al Prefecto   tener  una entrevista conmigo. Y les confesó a ambos que no  había leido el libro. 

¿Siente Vd. que fue censurado?
            Sí, pero consideré sin fundamento lo de la perturbación  de  los lectores por mi libro.  Cuando le comenté esto  al gran moralista Bernhard  Häring, profesor mío en Roma,  exclamó indignado:  “Lui (el prefecto  Ratzinger) ha turbato la Chiesa intera”.
            Por otra parte, a los superexpertos del Santo Oficio, tan celosos de la doctrina oficial,  les habría servido leer estas palabras del  Vaticano II :  “Las instituciones , leyes y mentalidades heredadas  del pasado no siempre se adaptan bien a las circuntancias actuales. De ahí esa profunda perturbación  en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de éste” (GS, 7, ). ¿ Quiénes eran perturbadores  los que trataban de cumplir con el Concilio o los que, menospreciándolo, pasaban de él? 
¿Cómo sabían que su libro  había  perturbado?
            Eso  mismo me pregunté yo,   pues en Roma  no había circulado  mi libro.  Y   para despejar dudas, contraté a un  equipo sociológico  (Colectivo sociológico Ioé)  para que hiciera una evaluación. Y la hicieron  sobre una encuesta de  363  personas que, en diversos lugares de España, habían leído  mi libro.

¿Y cuál fue el resultado?
            A  336  de los encuestados (un  95 %), el libro les  había resultado clarificador; a 17 , indiferente;  sólo a 4 les resultó perturbador.
            Los  lectores se inclinaron abrumadoramente a favor del libro,   con sentimientos de reconocimiento:
“Me aclaró y fortaleció”, “Me he sentido liberado  y me ha dado gran seguridad”,  “Me ha hecho gran bien leerlo”, “Me ha hecho romper anacrónicos esquemas”, “Me ha ayudado a vivir  mi vida sexual matrimonial”, “Me ha ha hecho sentirme  más persona, más libre, más feliz”, ”Al leerlo  uno respira,…”.
¿Sirvió la encuesta para detener el proceso?
            No. Ni sirvió  que nueve expertos  de Antropología, Etica y Teología lo avalaran con  razones y destacados elogios. 

Entonces, no le quedó más remedio que afrontar el proceso.
            Me pidieron  que respondiera  a una serie de puntos  y yo  les  hice una primera respuesta de 33 páginas. Y el  11 de  septiembre de 1985, con firma del propio Ratzinger, se  me comunicaba: :  “Las explicaciones dadas por el P. Forcano  han sido encontradas por este Dicasterio insuficientes  e inadecuadas y,  tras sucesiva aprobación  del Santo Padre, ha  retenido  que las posiciones  por él sostenidas  en los puntos indicados  no son compatibles   con la doctrina de la Iglesia”.

¿Le impondrían   medidas correctoras? 
             A mi Superior General   le demandaba vigilar mi actividad doctrinal,  controlar la  difusión del libro y  reparar el mal causado  con una retractación  pública. 
¿Hizo  esa  retractación?
            No, y esto comenzó a crear una situación   enojosa para mis superiores, pues ni las acusaciones ni el proceso tenían origen en mi Congregación claretiana.
            Desde la CDF insistieron en que contestara   a los otros  puntos cuestionados. Lo hice añadiendo a mi primera respuesta  30 páginas  más.
            Entre tanto, mi Gobierno General, muy acertadamente,  me convocó   a Roma para escucharme. Me reuní con ellos, agradecí su gesto,  pude explicarles por más de una hora y les expresé mi disposición a valorar cuantas observaciones, objeciones o correcciones quisieran hacerme. 
            Intervinieron algunos   y me confirmaron estar de acuerdo   con mi posición y  me animaron a proseguir en  mi tarea.
 
¿Quedaría complacido?  
            De momento.  Pues había que esperar a que la  Congregación para  la Doctrina de la Fe respondiera  a mis  70 folios. Lo hicieron finalmente y solicitaban   a mis superiores que  me aplicaran las siguientes medidas:

•Evitar nuevas ediciones de Nueva Etica Sexual.
•Alejarme de  la enseñanza de la  Moral Sexual.
•Alejarme de las dirección de la revista Misión  Abierta.
•Someter toda publicación religiosa mía  a  censura previa.
¿Sin  diálogo? 
            Sin diálogo. Puedes imaginar en qué quedó la satisfacción con mis superiores en  Roma. A partir de esta respuesta,la  CDF emprendía un camino absolutamente arbitrario:  cortar de raíz mi enseñanza  y, en especial,la divulgación de  mi libro.
           
¿ Y cuál fue su reacción?           
            Percibí  que se había trastocado el fondo del proceso y que  podía acabar con consecuencias muy desagradables.
            Desde el principio, pude comprobar  que no se aducían   razones que probasen los errores que se me atribuían.  Yo siempre confié en  un diálogo sereno   que aclarase, corrigiese y lograse acuerdos.

¿No fue posible?
            No . En el modo de proceder los  superexpertos de la CDF   no  admiten  más verdad que la suya,   descartan  la verdad  que pueda aportar el  teólogo cuestionado, no valoran el papel de las ciencias y de los nuevos avances bíblico – teológicos, no consideran el contexto histórico y evolutivo del  saber,   ni se  detienen a pensar que al autor le anima un  sentido de pertenencia y  de amor profundo a la Iglesia.  Invocan la Tradición como algo intocable, que sólo ellos pueden interpretar   debidamente y    no permiten  cambiarla ni  un ápice. milímetro.
         Tuve oportunidad y le pregunté a un alto cargo, que yo conocía,  si los teólogos  eran  de oficio o  elegidos para cada caso. Me contestó: “No, no, son de oficio. Pero te digo una cosa: son pocos y malos”. Ya en pista, le hice esta  otra pregunta: “Dado que está establecido que el acusado tiene derecho a saber quién le acusa, ¿por qué no se le proporciona esta información? “Hombre, me contestó: si dijéramos quién acusa, ya nunca nadie acusaría” .
¿Decepcionado? 
            Yo siempre confié en un acuerdo mediante el diálogo. Me acordé entonces de las palabras del super reconocido teólogo Yves Congar,  en Carta que le escribe a  su madre desde el exilio  inglés:
                                   “Me es evidente que Roma  jamás ha buscado  ni busca sino una sola cosa: la afirmación de la autoridad. El resto no le interesa sino como  lugar  de ejercicio de esa autoridad . Salvo un cierto número de casos , representados por hombres de santidad  y de iniciativas, toda la historia de Roma  es reivindicación , fundamentación de su autoridad, y destrucción de todo aquello que  no se conforme con la sumisión”.
            Y el gran moralista, Bernhar Häring, perito del concilio  Vaticano II, confesor de Papas, etc. ,convocado por el Santo Oficio  para exigirle que se abstuviera de toda crítica  a los documentos de este Dicasterio, escribe:
                                    “Agotado e indignado  respondí que, gracias a Dios, no estaba dispuesto a confundir la Iglesia con la CDF; de otra forma, no hubiera podido permanecer  allí  un  instante más. Salí,  tras casi dos horas de interrogatorio y de reprimendas ,  que me hicieron sentir  como un crio ante el preceptor. Deshecho, asqueado y con la cabeza a punto de estallar; pero contento en mi interior y dando gracias a Dios que me había ayudado a no someterme a ningún acto servil” ( Mi experiencia con la Iglesia, Ed. Covarrubias,  1992, p. 87).

Entonces, la  alternativa no era  otra que obedecer.
            La alternativa que  yo adopté  y también el equipo de Misión Abierta fue la de seguir exponiendo,   abiertos a un diálogo. Ellos seguramente no lo esperaban.  
           
¿Por qué?
            Porque en  casos semejantes, la respuesta suele ser el  sometimiento. En nuestro caso, la injusticia era patente y nuestra respuesta debía ser coherente con lo que veníamos enseñando.

Es decir, que desobedecieron.
            Mire: la enseñanza de la Teología Moral la había  yo emprendido en Roma,  por destino de mis superiores, dedicando tres años a la especialización. Y en el 1987  me estrené como profesor en diversos Centros,   primero de  Roma, luego de  Salamanca y de Madrid, de Colombia, etc,  así por más de 20 años.  Simultaneando me tocó asumir la dirección de la revista de Misión Abierta por 13 años, co-fundar la Asociación de Teólogos Juan XXIII, promover  los Congresos de Teología, escribir artículos en revistas y  periódicos,  inaugurar  Foros de Teología, dar conferencias , etc. etc. 
            Durante todos esos años,al abrigo de  la renovación decretada por el Vaticano II, mi tarea y la de mi comunidad se desenvolvió sin dificultad, con  notable aceptación  en el ámbito eclesial y en muchos sectores sociales.
             Ahora, no se debe olvidar que mi libro obtiene publicación por los años 80,  justo cuando ya está  en marcha la involución de Juan Pablo II. Esto explica que, aún después de dos  años de pacífica y positiva circulación,  se me  abriera  el proceso .

¿Qué significado  tiene todo esto  para Vd.?       
             Acaso no es tan difícil de entender si se parte de que el conflicto se producía por nuestra fidelidad al espíritu y cambios del  Vaticano II,   relegado  y   desactivado por  Juan Pablo II,   y  continuado luego por Benedicto XVI. El giro era de 90 grados. Y la teología, toda ella en su vertiente liberadora, quedaba bajo estricto control.   La estrategia del Santo oficio  ponía bajo pensamiento único todo el quehacer teológico. 

¿Logro imponerse?
            En general, sí. En nuestro caso la ejercieron con una  hábil extrapolación:  renunciaban  a  resolver el conflicto   via doctrinal, por carecer de  argumentos  y  transferían la batalla al campo de la obediencia : acatar un mandato que venía de arriba, como de Dios mismo . Ante él,  los ejecutores del mismo –nuestros superiores- debían hacerlo, aún sin entenderlo,  y podían quedar tranquilos: “El que obedece nunca se equivoca”, me dijo un superior provincial, luego obispo. 

¿Y cuáles fueron las reacciones?
            La autoridad claretiana, obligada a  actuar  muy a pesar suyo,  se veía  implicaba en un  verdadero via crucis. No  se trataba sólo de mi libro, sino también de la revista Misión Abierta, referente vanguardista posconciliar  de renovación, creatividad y esperanza. 
            A mí se me privaba de la dirección de la revista por causa de mi libro.Enseguida se nos comunicó  que había que someter la revista a revisión y a nueva dirección. Lógicamente el cambio no quedaba garantizado si seguía el  mismo equipo y eso determinó establecer la censura previa.
            La totalidad del equipo  propuso un modo razonable de aplicar la censura, pero  no se aceptó, y esto  provocó la  dimisión en pleno y el reemplazo por otro equipo. 

Y quedó   solucionado el problema.
            Mas bien alcanzó su punto álgido. Sobre nuestros superiores cayó como un mazazo  el mandato  de disolver la comunidad si no obedecía. Y  con pesar suyo nos impusieron  un nuevo destino, con  reincorporarción  de cada uno a su   Provincia religiosa de origen.

¿Cumplieron el mandato? 
            La obediencia es una virtud  cuando es para cumplir un mandato justo. A nosotros nunca se nos planteó antes este problema. Sí , ahora. El asunto era  si sólo hay que  saber obedecer, o también hay que saber mandar. El bien que se ordena, o el mal que  se intenta evitar, es anterior  a la voluntad del que manda y no depende ella. Una  cosa no es buena o mala porque  se manda o se prohibe, sino que porque es buena o mala se manda o se prohibe.

¿ Y entonces?
            Debidamente asesorados, entramos en  el complejo camino de mostrar lo  injusto del mandato. Lo recurrimos   en escala ascendente:  desde el  Superior provincial hasta el último escalón de la Signatura Apostólica. Acaso este hecho  comunitario sea nuevo  en la historia de la Iglesia. Pero lo hicimos.  Y contarlo en detalle daría  para un libro.

¿Puede recapitular algo de  lo ocurrido?
            Casi me resisto, pero resultaría peor callar y darlo como aprobado.
            En tan grave asunto, no podíamos   proceder a la ligera. Decidimos  contar con la opinión de un destacado experto de La Rota . Estuve con él y  le procuramos toda la información. A los pocos días, nos comunica que le ha impresionado nuestra  actitud y el dossieer  de nuestro informe y que acepta ayudarnos hasta el final.
            A su ayuda, quisimos añadir la de dos buenos entendidos en este campo: una, la del rector de la universidad de Salamanca y otra la del abogado mejor considerado  de  los ocho existentes en   Roma para estos casos.   La reacción de este último, fue inmediata: “¡ Peccato, sta dietro Ratzinger!” - ¡Lástima, está detrás Ratzinger!”       
            Visto el carácter  que iba tomando todo el proceso,  no descartábamos se  llegara a la expulsión. Y en tal caso, necesitábamos   un obispo benévolo que nos acogiera. Barajamos el nombre de varios obispos,  pero nos inclinamos  por Pedro Casaldáliga, claretiano, obispo en Sao Félix do Araguaia, en  el Mato Grosso de Brasil. Estábamos en contacto con él y estaba superinformado.
            En el  momento oportuno, lo visité. El encuentro fue emocionante. A los dos días de llegar, invitó a reunirnos y lo primero que dijo ,  fue:  “Mira, Benjamín, por el amor que os tengo , contad conmigo incondicionalmente  hasta la  muerte: soy vuestro obispo”.   Casaldáliga, una vez más, era Casaldáliga.  
            Las cosas se fueron sucediendo. En el 1988,  la intervención de las Congregaciones romanas tenía claro su objetivo: lograr de  las autoridades  claretianas anular nuestra labor, llegando si fuera preciso a suprimir  nuestra comunidad, dándonos nuevo  destino.
            Nosotros les avisamos que seríamos consecuentes y  en consecuencia nos opusimos a dichos destinos y a la disolución de nuestra comunidad.
           
¿Y qué hicieron?
            Recurrimos al Superior General, luego a la  Sagrada  Congregación de Religiosos y así hasta el escalón final de la Signatura Apostólica. En ella, la decisión última pendía de 15 cardenales. Uno de ellos, del Opus, hizo de relator de nuestro caso.  Al final, este Tribunal Supremo cerraba el caso confirmando el  decreto definitivo de nuestra expulsión: Año 1993.

Tremendo,  incluso para sus superiores.
            Sí, pues  de haber dependido de ellos, no se hubiera llegado a ese extremo. Lo pasaron muy mal, hicieron todo lo posible, idearon salidas posibles, pero al final  el decreto pesaba sobre ellos y tenían que hacerlo realidad.  Un no a la autoridad suprema, nadie sabe los efectos que hubiera podido acarrear para la  Congregación claretiana. 

¿Y dentro del mundo que les conocía   qué efecto tuvo  la sentencia?
            La  avalancha de  adhesiones y pronunciamientos fue enorme , dentro y fuera de España: obispos, religiosos , sacerdotes y laicos,  colectivos de todas partes,   personalidades  relevantes, etc. La indignación que se sentía,  sirve para comprender el tiempo justo en que vivíamos,  el espiritu amenazado  que el Concilio había alentado, etc., y en el que nosotros habíamos puesto empeños y desvelos sin cuento.
            Para medir la magnitud y calidad de la solidaridad, habría que  leer  los cientos de esas adhesiones. Sirvan  unos testimonios de muestra.
            - “He leido su libro. Ciertamente  es expresión de gran sinceridad y también de gran amor  a la Iglesia y  de un gran   esfuerzo  para que la Iglesia muestre su  verdadero rostro  a imagen de Cristo misericordioso…. Me ha  producido   gran  pena leer  las seis páginas “judiciarias” que le ha enviado el  Santo Oficio…Detrás de todo  está un concepto  de Iglesia-Magisterio estático y ahistórico… Consideran  al grupo  de sus expertos  como super-expertos  y detentadores de la verdad.¿Es que sólo ven en los teólogos no repetidores  adversarios, hombres peligrosos?   ¿Qué hacer?  Sufrir con Cristo y por su Iglesia, pero también  reclamar justicia y fórmulas más  respetuosas para con el teólogo acusado.   Si las medidas propuestas  son publicadas  se puede esperar una tempestad  que dañará a quien impone tales medidas”  (Bernard Häring, Teólogo moralista, Roma - Profesor mío por dos años).

            - La comunidad de los seis es una  comunidad humana  y cristiana y religiosa  como pocas veces  se encuentra en la Congregación… ¿Qué decide  en la Madre Iglesia y en la Madre Congregación: el buen espíritu o el derecho dudoso? Yo no sé si doy del todo en el clavo, pero me entristece  la impresión de que la Congregación esté jugando el papel de Pilato: “Si no los condenáis,  no sois amigos del César” y valga la comparación , yo me siento bastante en el papel  de la mujer de Pilato: “dejadlos ya en paz, que he sufrido mucho por ellos” (Josep Cascales, claretiano – Viena).

            - “Yo acompaño desde el principio a Misión Abierta…Y debo decir, con firmeza, que la revista ha hecho mucho bien; que todos su números han sido  para mi, personalmente, un estímulo eclesial y una luz.  Que ocupa un espacio necesario en  la Iglesia de España y de Latinoamérica. Sería muy lamentable  que la Congregación, por timidez excesiva  o por falta de pluralismo  necesario, cerrase ese espacio misionero, evangelizador, claretiano”     ( Pedro Casaldáliga, obispo, Sao Félix do Araguaia, Brasil).
¿Quiere añadir algo a esta entrevista?
            Sí, lo dicho aquí  no es sino un preámbulo  para mejor entender el libro. Señalo  la idea central que lo anima para quien  quiera  adentrarse en  sus 454 páginas.
            “Nueva Ética Sexual” está entrelazado con un único hilo  que le da unidad : la persona. La historia de la moral es una historia del menosprecio y sometimiento de la persona. Hablamos de la represión y del temor obsesivo a la sexualidad, como también de la  inferioridad, postergación y esclavitud de la mujer. Y hablamos de la necesidad de una revolución sexual.  Pero, ¡ojo!,  porque la revolución que hay que hacer es personal y no sexual.

            La persona es en cada uno,  sujeto individual,  único, irrepetible, que nace, crece y se realiza  en una  comunidad, en una cultura y en una historia.
              Un sujeto que asume su vivir como convivir con los demás, obrando con conocimiento, respeto y cuidado , tal como él quiere que los demás  lo hagan con él.
            Un convivir guiado por el conocimiento, el respeto y el amor: el otro no es yo y yo no soy el otro hasta no reconocer que somos idénticos en dignidad, derechos y obligaciones. Seres humanos para convivir, sin  opresión o dominación de nadie. Son las personas, no los cuerpos ni los espíritus, sino la totalidad de cada uno, la que convive con una relación de amor




MORIR CON DIGNIDAD


    

1.                Universalidad de la  ética racional
             Considero importante   situar el tema dentro de la sociedad en que vivimos. Una sociedad  que se propone  legislar  sobre este tema  desde una visión global, con inclusión de   diversas opiniones y que, tras  someterlas a debate, aprueba lo que es norma  vinculante  para todos,  y deja fuera lo que no aparece como deber y  derecho de todos.
           Hemos vivido tiempos en que la uniformidad  de pensamiento    quedaba recogida en leyes sin lugar apenas  para la pluralidad y disidencia.  La modernidad rompió esa uniformidad  desde una mayor conciencia de la dignidad, la  libertad y los  derechos  de la persona.  Y descubrimos que, por encima de credos   excluyentes,  - religiosos o ateos-  nos unía un credo ético de validez universal,  para regular  nuestra convivencia
           En nuestra sociedad vivimos ciudadanos : católicos , creyentes de otras religiones,  ateos, agnósticos…  La discrepancia entre unos y otros  ha sido tal en nuestra historia que en ocasiones nos llevó incluso a enfrentamientos  de  exterminio mutuo.
           Al abordar el tema del derecho a morir con dignidad,  habremos de tener en cuenta este fondo cultural y sociopolítico,  muy presente en el  hoy de nuestra convivencia.
           Pese a todo, hemos entrado  en una perspectiva distinta que puede fecundar una convivencia plural,  tejida de  respeto y aceptación del otro. Es la perspectiva de una  ética   racional ,  que fundamenta  nuestra convivencia en valores  comunes. Una ética, que  nos podrá hacer  coincidir  en determinados   puntos  a la hora de juzgar el derecho a morir con dignidad.
           Nadie, pues, por ser católico  o  por ser no creyente, queda exento de esta ética:   “Trata a los demás, como deseas que los demás te traten a ti” ; “Ama al prójimo como a ti mismo” es la regla de oro, de  valor  universal. O, según  escribe el reconocido teólogo  Hans Küng: “Esta ética mundial supone una serie de valores vinculantes, criterios inamovibles y actitudes básicas personales, extraidos de lo que es la  dignidad  inviolable  e inalienable de toda persona humana. Todos, individuos y Estado, han de considerar  siempre al ser  humano  sujeto de derecho , fin y no medio  u objeto de comercialización. Nada ni nadie puede  “estár más allá del bien y del mal”. Y todo ser humano, dotado de  razón y de conciencia, está obligado a actuar de forma realmente humana y no inhumana, a hacer el bien y evitar el mal”.     
   De esta dignidad brotan naturales estos preceptos: 
§     Respeta la vida
§     Practica la justicia
§     Sé honrado y veraz
§     Ama y respeta a los otros.

2.  Conexión y colaboración de Ética y Religión.

           Quedan atrás  los tiempos en que la ética no contaba frente a la posición hegemónica de la religión o en que la religión quedaba descartada por sobrante y reemplazada por la  ética.
           Todo cristiano tiene como artículo primero de su fe el respeto de la dignidad de la persona y todo ateo parte también de  este presupuesto.  Los que seguimos a Jesús de Nazaret no sólo reivindicamos esta ética como parte sustancial de su mensaje, sino que, desde una  perspectiva transcendente, aportamos mayor incondicionalidad y luz   a los valores e imperativos de esta ética.
           Damos entonces como superada esa contraposición entre Ética y Religión, entre la autonomía de lo humano y la heteronomía de lo religioso, establecida en la modernidad: “No tenemos necesidad de Dios, podemos prescindir de la religión pero no de la ética, ya que sin unos mínimos éticos  universales es imposible la convivencia”.
           Reprobada la negatividad histórica en que ha incidido muchas veces la Religión,  no cabe prescindir de ella, porque sin ella no hay forma de responder a ciertas preguntas de la existencia humana, ni  hacer justicia a los que fueron muertos injustamente ni  dar  soporte último a los imperativos éticos. 

3.  El vivir ético de la muerte.

1 .La muerte es impensable sin referencia a la vida
           Si la muerte no tiene sentido en ella misma, habremos de buscarlo en la interpretación que hacemos de la vida. Como algo que pertenece a la vida y desde ella misma, la muerte  se la puede entender como  final,  transformación, plenitud.  Considerada  en su totalidad,  la muerte  puede ser interpretada
           - Como derecho de toda  persona a morir con dignidad.
           - Como  derecho inviolable a la vida de todo moribundo.
           - Como  conflicto entre el derecho a una muerte digna y                                   la prolongación artificial  de la vida misma.

              Nuestra sociedad no quiere saber nada con la muerte,  la rehuye y  la teme.  Aun así, no tiene más remedio que contar con ella, pues por sí misma acaece  de vez en cuando y actúa inapelable en el círculo  más próximo de seres queridos.
            Reactivamente, la cultura dominante  empuja a darla como inexistente o  encubrirla discreta o azarosamente. 
           Si realmente a nadie se le escapa que el ciclo de la vida nos depara  nacer, vivir y morir, a nadie le debiera resultar extraño admitir el hecho mismo de la muerte  y el preguntar por su sentido . Que tengamos que morir de una u otra manera , viene después.
           De modo que el hecho mismo de la muerte, apunta  conclusiones transparentes: 
                   1ª)  El  vivir humano  tiene una duración  ineludiblemente  limitada, y se debiera atender en lo que es para no concebirla  ni  organizarla  como  algo absoluto.     
                   2ª)Esta conciencia no va desligada del último proceso  de la muerte, que inquiere  cómo vivir para alcanzar el sentido auténtico de la vida.
                   3ª) Interesa  saber si,  después de todo, el morir es total, con un pasar a la nada;  o  un perdurar ( resucitar), con un pasar a  la plenitud de vida y  dicha eternas.
           Nuestra manera de ser, racional y libre, en identidad universal de especie y de solidaridad,  dificultaría  entonces las alienaciones de quienes se sumergen en mundos de vida y felicidad ilusorios,  que malogran  su existencia y derivan  en ruina y desgracia para  los demás.
           La muerte, nos pertenece, la llevamos dentro desde que nacemos y, sin obsesión ni temor, debiéramos integrarla   como parte de nuestra vida.

2. Actitudes diversas ante la muerte
           En la muerte palpamos lo finito  y perecedero de nuestra vida terrena y, a la par, su enaltecimiento y plenitud cuando  alcanza el encuentro definitivo con Dios. Y aquí las actitudes, variables, configuran anticipadamente la decisión última:
           -Una será la del que estoicamente se irá apropiando la muerte como de una dimensión intrínseca a la vida.
           -Otra la del que, con una u otra forma de espiritualidad, tratará de preparase y aprender el ”ars  moriendi”.
           -Otra la del que pretende hacer de ella un  ejemplo de lo buena o mala que ha sido su  vida, así don Quijote: para morir se reconcilia consigo mismo, es decir, se vuelve cuerdo y torna a ser Alonso Quijano. “Yo me siento, sobrina, a punto de muerte”, “Yo,  señores, siento que me voy muriendo a toda priesa”, “y querría hacerlo de tal modo que diera a entender que  no habría sido mi vida tan mala”.
            -Otra la de los que , como se ha hecho en la tradición cristiana, viven  ascéticamente, apercibiendo al alma para tener la vida muerta al placer o  adelantar al momento presente lo que en el momento de la muerte se hubiera querido hacer.   
           Para quien entiende  la muerte como propiedad de nuestra naturaleza,  le resulta lógico aceptarla como meta de un  proyecto de vida  propio del ser humano que vale la pena  vivir y  que en perspectiva  cristiana se nos corona con lo imperecedero  de ese proyecto  en la plenitud del Dios Amor, que nos creó,  sustenta y plenifica. 

3. La muerte en su relación con el “más allá” y  “el más  acá”.

a) Influencia de la muerte en la configuración ética de la persona.
           Es difícil no  apuntar al “más allá” cuando de la muerte tratamos.  Si yo tengo que  morir individualmente,  es casi seguro que en un momento o en otro me preguntaré por la consistencia de los imperativos  éticos intramundanos,  por la importancia de las otras decisiones que no tienen la  importancia de la última, por la fisura irrestañable que  me deja la muerte del otro, por la motivación que la apropiación de mi muerte genera en mi vida moral y por la actitud que, en conformidad con lo que sigo pensando, debo adoptar ante ella.
           El batacazo de la muerte es tal que si no rompe toda entereza, hace difícil reponerse ante ella. Somos libres y, sin embargo, no nos es dado evadirnos ante lo absurdo y escandaloso de su límite.
            Puede surgir el filosófico pensar de que estamos hechos para la muerte  o el contrario de que la “mortalidad no es muerte”.  Pero, en el fondo, nos encontramos con el muro  lacerante  de nuestra limitación: cómo seguir afirmando los imperativos absolutos de la dignidad, de la  justicia y de  la libertad desde nuestra irremediable fragilidad. ¿Cómo se le hace justicia a un hombre muerto injustamente? ¿Cómo se devuelve  la dignidad y la libertad a los tratados como esclavos si la muerte ha acabado definitivamente con ellos?
           Estos interrogantes no tienen respuesta, si no hay pervivencia individual más allá de la historia. Sin este presupuesto –para un cristiano, el de la resurrección- no hay posibilidad de una opción revolucionaria honesta y coherente.
           Sólo si Dios es el dueño de la historia  -y para el cristiano lo es- la vida alcanza una trascendencia  que garantiza el  carácter incondicional de los valores éticos. Jesús con su resurrección es el prototipo de la incondicionalidad de la ética.
           Si  la ética me resulta incondicional  lo es porque va unida a la pervivencia  y a la Trascendencia. Mi ética no es posible sin la incondicionalidad y ésta sin  la  Trascendencia;  sólo en la Trascendencia cobra base mi pervivencia y la incondicionalidad. 
   La muerte efectúa de esta manera una función de iluminación e inspiración en el “más acá” moral. La muerte -¡vaya paradoja! - nos hace trascender la misma historia, apoyada en la incondicionalidad  de la ética. La ética no agota la totalidad de lo humano, existe un más allá de la ética, sobrepasada por las religiones,  que nos muestra estar atravesados por la dialéctica misma de lo absoluto y lo relativo.

    b)¿Acaba todo con la muerte?
           Cuando alguien se nos va, nos conformamos con rendirle homenaje ponderando su modo de vivir  y guardándolo   agradecido  en nuestro corazón  como memoria y estímulo de nuestro vivir.
           Pero hay algo más hondo  sin resolver  y que  alimenta nuestro temor:  ¿con el morir, tenemos motivos para seguir amando y promoviendo la vida, o para  renunciar y abdicar de ella?
           Ahí, la cuestión: si todo acaba con la muerte o alcanza en ella la plenitud. ¿Vale la pena vivir si no cabe esperar nada después de la muerte?
           Toda vida tiene un comienzo, un desarrollo y un final. Pero no todo viviente  alberga   capacidad consciente  sobre ese comienzo, desarrollo y final.  El ser humano, sí.
                   Nosotros somos conscientes de que nuestra vida corporal no es para siempre, tiene término y se  corrompe. Sólo que, cuando  disfrutamos del esplendor y vigor de la vida, todo se nos va a un mayor crecimiento y superación, como si nunca se nos fuera a acabar.  Pero, se acaba.
           Y la consideración de ese momento,  vuelve de nuevo:  ¿por qué y para qué vivimos? ¿Qué valores  e intereses absorben nuestra vida? ¿Recibimos marcada la dirección en que debemos  avanzar en  nuestra vida? 
           A todo esto, precede otra pregunta:  ¿El avanzar en una u otra dirección va unido  a la convicción de que la vida humana prosigue  transformada  y enaltecida después de la muerte   o queda por completo fenecida en el instante de la muerte?
           Se admita lo uno o lo  otro,  ¿encontramos en el ser humano fundamento   para que nuestro caminar  lo hagamos comunitariamente desde la igualdad, la justicia, la solidaridad , la  verdad y el amor? ¿Es tarea y objetivo nuestro  la  prosecución de la dignidad, del bien, de los   derechos y de  la   felicidad de todos como si fueran la nuestra?  
            Pienso que es aquí donde aparece  la línea divisoria entre aceptar o rechazar la muerte, considerada como castigo o premio, amenaza  o promesa, pérdida  o  ganancia, derrota o victoria.
           Optar por lo uno o por lo otro, configurará de un modo diferente   la vida de unos y de otros.  Todo depende del significado que se da a  la muerte: ¿Caida en la nada? ¿Llegada a la vida plena? 
           Desde la opción de caida en la nada,  se explica la postura de quienes, ansiosos de vivir la vida presente,  se  aferran a ella ,   acumulando poder, riqueza, éxito, placer,… aunque sea con desprecio, marginación y opresión de los demás.
           El imperativo ético  de la igualdad y de la justicia, de la solidaridad y del amor, es  natural e intrínseco al  ser humano   y  opera en muchos  leal y coherente.  Y el imperativo religioso transcendente  asume y refortalece  ese imperativo,  dándole mayor incondicionalidad.    
           Creo, por tanto, que, para ocuparnos serenamente del tema de la eutanasia, ayuda mucho el verla en todo el proceso  de la vida, que se la ama profundamente  también en el  último de la muerte.
           El morir humano  es  necesidad y  es libertad. Entramos en la vida sin que se contara  con nosotros e hicimos una  biografía personal, merced  a nuestro yo libre y responsable.
           En este sentido, el morir , como el vivir, es  de cada uno y debiéramos llegar a él dispuestos a darle cumplimiento personal.
           A la muerte no se llega de improviso, como una fatalidad inesperada, sino que calladamente  nos ronda , pues en el  día a día se nos va gastando  algo de la vida.  Y en el día a día vamos forjando un estilo de vida, una personalidad,  que será determinante a la hora de dar cumplimiento  al  acto último del  morir. Hacemos nuestro lo que nos pertenece , libremente, como bellamente lo expresa el maestre Don Rodrigo:
           “Y consiento en mi morir
                 con voluntad placentera,
                 clara y pura,
            que querer hombre  vivir
                 cuando Dios quiere que muera
                 es locura “  (Jorge Manrique, Coplas)
 
     c) La postura  cristiana tradicional o más común ante la muerte
           Frente el tema de la muerte, la mayoría de los cristianos tienen bien arraigada esta idea: pase lo que pase y sea cual fuere la situación a la que podamos llegar,  la vida la hemos recibido del Creador y no nos es dado disponer de ella por iniciativa propia  para terminarla o acortarla.
           Jóvenes o viejos, sanos o enfermos, con enfermedad curable o incurable, en condiciones apacibles o de dolor intolerable, pudiéndonos valer o en dependencia grave  o extrema para todo, en todos los casos nuestro deber es respetar y continuar la vida  hasta que se acabe, sin ahorrar medio alguno que se sepa puede ayudarle  y nosotros podamos conseguir.
           Esta es la postura más generalizada y se entiende que a la base de ella existan diversas  razones para  mantenerla. 
           Analizaré más adelante, las razones que avalan esta postura y discerniremos si todas valen y en qué medida.
           De momento, conviene advertir el absolutismo de este principio, que pugnará por salir a cada paso en el tratamiento que vamos a desarrollar.
           Cierto que se muere una sola vez  y para siempre. Y acaso por eso, o también porque el don recibido gratuitamente no lo puede uno  en ningún momento dar por concluido, se la respeta hasta el último momento.  Lo contrario sería un gran desacato y la más indigna de todas las decisiones humanas.

4-La vida no es un valor absoluto

           Sin embargo, la vida  humana en su más amplia y azarada historia,  nunca ha renunciado a  prescindir de ella,  cuando se interponían otros valores.
Se afrontaba como digna :
·         La decisión de perder la vida cuando traicionar un secreto podía suponer la muerte para muchos.
·         Cuando le asistía el derecho a defenderla frente a un ataque injusto,  aún a sabiendas de que podía perderla o perderla el injusto atacante.
·         Cuando  por generosidad y amor inmenso se ofrecía para rescatar y hacer sobrevivir a otro.
·         Cuando se afrontaba el martirio antes que renegar de la propia fe.
·         Cuando por defender a  la patria, se rechazaba al enemigo antes que dejarse invadir y dominar calificando a los que tal hicieron como superhéroes, etc..
           Es decir, la vida es el primero y el más grande de los valores, pero no un valor absoluto. Hay situaciones en que , por especiales motivos, se considera digna y éticamente válida la decisión de renunciar a ella.
           ¿En el proceso del  tránsito hacia la muerte, pueden darse situaciones y existir  razones que hagan éticamente valida la decisión de acabar con ella acortándola? Es lo que vamos a ver.


4.  El derecho a morir con dignidad
                                                      
Acordar el significado de los términos: Eutanasia, distanasia, ortotanasia.

EUTANASIA
           Es conveniente  analizar el uso de la palabra eutanasia,  por la ambigüedad que ha adquirido en el lenguaje moderno. Nuestro hablar sobre el tema resultará oscuro y polémico si no aclaramos previamente  el significado del que partimos.
                   A lo largo de la historia, la palabra fue utilizada:
1. Como simple deseo o petición de tener un morir bueno, felíz, sin preocuparse  de la ayuda al morir.
2. Como un buen morir, en el que no falten a la persona los cuidados  aconsejados por  la medicina y  la moral .
            Es lo que, ya en  1516, en  Utopía, narra con singular sabiduría Tomás Moro:
     A los enfermos incurables se les atiende y trata esmeradamente , prestándoles toda clase de cuidados. Pero si a  los males incurables  se añaden sufrimientos atroces,  entonces al paciente se le hace ver que se halla privado de sus funciones vitales , que está sobreviendo a su muerte  y que es una carga para sí mismo y para los demás y le resulta inútil  obstinarse  por más tiempo en dejarse devorar por el mal y las infecciones.  Y, en esa situación, armado de esperanza, debe aceptar la muerte, abandonar esta vida cruel como quien huye  de una prisión o del suplicio y no dudar de liberarse o permitir  que lo  liberen los otros. Los consejos en este sentido de los magistrados y sacerdotes son sabios y desempeñan una obra piadosa y santa.
           Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. O se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero, no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando. Este tipo de muerte se considera algo honorable.  Pero el que se quita la vida  -por motivos no aprobados por los sacerdotes y el senado- no es digno de ser inhumado o incinerado.  Se lo arroja ignominiosamente a una ciénaga  (Felipe Aguado, Utopía y Educación, Nueva Utopia, Madrid 2016, pp. 233-234).                                                                                  
o  En el momento actual, la eutanasia se la suele entender:  Médicamente, como  terapia que, en un proceso de oscurecimiento  u ocaso de la vida, pretende  adelantar  la muerte
o  Moralmente, tal adelantamiento se lo aprueba o reprueba, si el valor de la muerte se lo considera una alternativa mejor  al valor de seguir  viviendo.

En esta perspectiva,  si el enfermo no se encuentra en fase terminal, no se considera  aceptable el suicidio  asistido. Hay, sin embargo, países que lo admiten. 
Para esta situación, son varias las  razones aducidas  para rechazar la eutanasia: 
·      -La evidencia de que la vida humana es y aparece por sí como valor inviolable.
·      -La vida humana implica una evolución  que avanza hacia el  envejecimiento, la improductividad social, etc., sin que  por ello pierda valor.
·      -Toda lucha emprendida por la  emancipación y conquista de los valores éticos, tiene apoyo y justificación en la vida misma  de la persona.
·      -La vida humana nunca, de cara a otros valores  comerciales, industriales, …o instancias  de arbitraria voluntad humana, puede ser utilizada como instrumento: es  fin y no medio.
            Estas razones ,  propias de una ética racional, hacen que quienes  llegan a una situación en que  su vida  no tienen futuro  y está expuesta a la amenaza de fuertes dolores y  aceptan sin más  la finitud del ser humano  y no creen en un Dios Trascendente ni en el más allá ,  puedan recurrir a la eutanasia directa.
ORTOTANASIA
            La ortotanasia aboga por vivir  una muerte  digna, lo cual no se da si no se hace responsablemente.
           Y ese vivir responsablemente la muerte  supone el ser consciente y dueño de ese vivir, el poder hacerlo siendo plenamente humano, no subhumanamente como sería si me sorprendiera sumergiéndome en  un proceso puramente vegetal, privado de lo más propiamente humano: ser consciente y poder decidir libremente, decidir que no se me implique y prolongue artificialmente en una suerte de vida vegetal,  que se me deje morir, sin aplicar medios que no suprimen ese estado vegetal y me obligan  a seguir en un proceso que ya no  es humano.

           Por lo menos, eso:  que me sea dado decidir racional y libremente, como me corresponde, sin sentirme obligado a  seguir y prolongar mi vida, que se me deje morir, que no es lo mismo que hacerme morir.  
             Defendemos  la necesidad de regular el derecho a morir con dignidad. Yo creo que esa reflexión está en la sociedad, aunque haya grupos  a  los que les gustaría llegar mucho más lejos.
           Pero  nuestro debate desea poder argumentar e iluminar  y ayudar a que  los Gobiernos puedan legislar con  acierto  y para bien de todos.

           Analizamos la  situación concreta de este caso, mediante el  concepto de la ORTOTANASIA,  que integra el respeto  al  valor de la vida y al valor de una muerte digna:
·         . tratando de evitar el mantenimiento artificial de dolores y sufrimientos indebidos ,
·         . en una situación de enfermedad incurable,
·         . con consentimiento del paciente. 
            Resulta éticamente correcto, y es una alternativa válida,  la de anticipar el final de un proceso doloroso inncurable, no sólo no aportando medidas biomédicas extraordinarias, sino suspendiendo las ordinarias, dejando que el proceso acabe por sí mismo, o incluso con la ayuda de algún medio adecuado.
           Esta posición, válida desde una ética racional y civil, puede que no sea admitida por la legislación de unos u otros países y, en tal caso, conviene averiguar si está sometida o no  a penalización. Pero, tal circunstancia es relativa, puede cambiar y no afecta al contenido éticamente válido de la decisión tomada. 
           Posición ésta sostenida incluso por pensadores y teólogos católicos.  De haber aplicado el sentido común y las exigencias de una ética elemental, no se hubiera llevado a la sociedad la absurda controversia suscitada por casos socialmente  controvertidos y famosos.
           Es casi unánime el sentir y el tratamiento de que, en casos como el descrito, no se trata de aplicar sin más la eutanasia, con intento de abreviar indiscriminada e inmotivadamente la vida. Ni tampoco de prolongarla artificialmente –distanasia- sean cuales sean las circunstancias.
           La cuestión se resuelve desde una aplicación de la ortotanasia, es decir, desde un integrar con equilibrio los dos valores en conflicto: el de derecho a la vida y el del derecho a morir dignamente.
           La argumentación desarrolla los siguientes aspectos: 
·         Con ser importante, la vida no es un valor absoluto sino relativo y finito, hay un momento en que a todos se nos acaba.       
·         Deber de todos es atender al enfermo, acompañarle y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida. 
·         Pero, hay situaciones extremas de enfermedad y de enfermedad incurable, en que los dolores pueden ser persistentes y agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación.     
           Es entonces, cuando el enfermo demanda el derecho a morir con dignidad, que se le respete y se le permita un mínimo de calidad de vida y, en consecuencia, no se le apliquen medios extraordinarios o desproporcionados que le prolonguen artificialmente la vida manteniéndola  en un  nivel vegetativo, al que suelen acompañar dolores físicos o psicológicos, más o menos fuertes. Sería inútil y reprobable este “uso encarnizado terapéutico”           No es, por lo tanto, ilícito para el mismo enfermo, familiares y médicos dejar de aplicar esas técnicas o medios, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.
           Este modo de pensar, aunque muchos puedan no creerlo, fue expresado con claridad por la Comisión Episcopal Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en 1989 que, a propósito del testamento vital, dice:  “Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos”.
           Igualmente, el Catecismo Romano en el Nª 2278 dice: “La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”.   
           Con esto no se pretende provocar la muerte, se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad; si no por los que tienen derechos legales respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.
5. Conclusiones
EUTANASIA:  La eutanasia contempla aquellas situaciones en que  no se respeta el valor de la vida humana y se impone la muerte humana.
DISTANASIA: La distanasia contempla aquellas situaciones  en que se prolonga inhumanamente  la vida.
ORTOTANASIA: la ortotanasia contempla aquellas situaciones  en que se respetan  el valor de la vida  y el valor de morir dignamente.
.  La eutanasia  exagera el valor de la vida. Intentaría abreviar la vida  por unos motivos que no constituirían propiamente  un conflicto entre el valor de la vida  y el valor de morir dignamente.

.  La distanasia exagera el valor del derecho  a morir dignamente. Intentaría alejar lo más posible  y por todos los medios  el momento de la muerte del enfermo, ya desahuciado y sin esperanza de recuperación.  Incluiría  el uso de técnicas  biomédicas que, con frecuenciaa, se convierten  en encarnizamiento terapéutico.
.La Ortotanasia aboga por todos los medios  que puedan aliviar  los dolores y prolongar la vida, aboga  para que al moribundo no se le oculte  la muerte como un tabú y no se le impida ser sujeto  personal de su propio morir en medio de los suyos y aboga por aquellos medios que puedcan calmarle el dolor  aunque tal terapia suponga un abreviamiento de la vida y aboga porque no se le apliquen , en situacionses de deshaucio y ya sin esperanza de recuperación, medios desproporcionados, que supondrían encarnizamiento terapéutico. Y que odo se haga, por supuesto, con consentimiento del paciente. 
    
Resulta éticamente correcto, y es una alternativa válida, bien  fundada, la de anticipar el final de un proceso doloroso inncurable, no sólo no aportando medidas biomédicas extraordinarias, sino suspendiendo las ordinarias, dejando que el proceso acabe por sí mismo, o incluso con la ayuda de algún medio adecuado.
  
Esta posición, válida desde una ética racional y civil, puede que no sea admitida por la legislación de unos u otros países y, en tal caso, conviene averiguar si está sometida o no  a penalización. Pero, tal circunstancia es relativa , puede cambiar y no afecta al contenido éticamente válido de la decisión tomada. 
  
Posición ésta sostenida incluso por pensadores y teólogos católicos.  De haber aplicado el sentido común y las exigencias de una ética elemental, no se hubiera llevado a la sociedad la absurda controversia suscitada por casos socialmente  controvertidos y famosos.
  
A estas alturas, es casi unánime el sentir y el tratamiento de que, en casos como el descrito más arriba, no se trata de aplicar sin más la eutanasia, con intento de abreviar indiscriminada e inmotivadamente la vida. Ni, tampoco, de prolongarla artificialmente sean cuales sean las circunstancias.
   La cuestión, en términos actuales, se resuelve desde una aplicación de la ortotanaxia, es decir, desde un  integrar con equilibrio los dos valores en conflicto: el de del derecho a la vida y el del derecho a morir dignamente.

No hay más que valorar los siguientes aspectos:   
1.   .Con ser importante, la vida no es un valor absoluto sino relativo y finito, hay un momento en que a todos se nos acaba.
2.    Deber de todos es atender al enfermo, acompañarle y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida.
3.   Pero, hay situaciones extremas de enfermedad y de enfermedad incurable, en que los dolores pueden ser persistentes y agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación.   Es entonces, cuando el enfermo demanda el derecho a morir con dignidad, que se le respete y se le permita un mínimo de calidad de vida y, en consecuencia, no se le apliquen medios extraordinarios o desproporcionados que le prolonguen artificialmente la vida mangteniéndola  en un  nivel vegetativo, al que suelen acompañar dolores físicos o psicológicos, más o menos fuertes. Sería inútil y reprobable este “uso encarnizado terapéutico”   .
4.   No es, por lo tanto, ilícito para el mismo enfermo, familiares y médicos dejar de aplicar esas técnicas o medios, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.
Este modo de pensar, aunque muchos puedan no creerlo, fue expresado con claridad por la Comisión Episcopal Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en 1989. Dice resumidamente la persona que hace su testamento vital:
Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos”.
   Igualmente, El Catecismo Romano en el Nª 2278 dice:
La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”.                                                               
Con esto no se pretende provoca la muerte, se acepta no poder impedirla.       Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad; si no por los que tienen derechos legales respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.