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jueves, 11 de abril de 2019

Proceso al Teologo Benjamín Forcano


PROCESO EXTRORDINARIO  A BENJAMÍN FORCANO POR SU LIBRO NUEVA ÉTICA SEXUAL

  (A pesar del CONCILIO VATICANO II)


A pesar del concilio Vaticano II.
Proceso extraordinario a Benjamín
Forcano por su libro
“Nueva Ética sexual”.





Analizando la realidad, anterior y posterior al concilio Vaticano II, investigadores e historiadores, coinciden en un     hecho indicativo: ¿Cómo es posible  que cuantos peritos –        teólogos primordialmente- que prepararon, asesoraron y dieron cuerpo doctrinal al concilio,  fueran censurados y retirados de su enseñanza?  Ese movimiento anticonciliar se erigió en juez y norma en el posconcilio para toda la Iglesia.
            ¿Pero, no debiera ser el concilio quien a todos juzgara y pusiera acordes con su nueva             doctrina? Ahora, el Papa Francisco, está reponiendo las cosas en su lugar: primero el Concilio  y en fidelidad a él todo lo demás. ¿Será caso de juzgar a los que indebidamente juzgaron y condenaron?  ¿O habrán aprendido a enmendar, pedir perdón, y devolver la credibilidad a la Iglesia que tanto robaron? 



                                        E N T R E V I S T A
                                                Por Edgar Cárdenas

Vivió usted un proceso extraordinario con Roma por su libro Nueva Ética Sexual, publicado en el 82. Revolucionario.
            Sí, un proceso iniciado por Ratzinger, entonces  Prefecto de la   Congregación para la Doctrina de la Fe  (CDF) . Ya mi libro llevaba  dos años de  publicado y   buena parte  había salido con el nihil obstat de la autoridad eclesiástica.
No sería entonces tan heteredoxo .
             La doctrina que yo proponía no era ninguna novedad, era bastante común en la Iglesia   y coincidía  con la de otros moralistas de prestigio.  A pesar de ello, “se me señalaban  algunos errores , que  habrían causado malestar y podían perturbar la conciencia cristiana de los lectores”. De ahí,  el  Proceso  extraordinario  por  la “gravedad y urgencia de la cuestión”.
¿Le comunicaron las razones  de esa gravedad?    
No. Pero se lo  pregunté a un  entendido del tema y me dijo: se debe a que la doctrina  que propones es obviamente herética y hay que atajarla rápido,  sin esperar a un  proceso ordinario.
Y me añadió: “Mira si tiene importancia esto que  el Prefecto, Ratzinger en este caso, tiene obligación de leer el libro”.
Digo esto porque luego pude enterarme  que mi profesor Häring  y mi Superior general,  cada  uno por su parte, le pidieron  al Prefecto   tener  una entrevista conmigo. Y les confesó a ambos que no  había leido el libro. 

¿Siente Vd. que fue censurado?
            Sí, pero consideré sin fundamento lo de la perturbación  de  los lectores por mi libro.  Cuando le comenté esto  al gran moralista Bernhard  Häring, profesor mío en Roma,  exclamó indignado:  “Lui (el prefecto  Ratzinger) ha turbato la Chiesa intera”.
            Por otra parte, a los superexpertos del Santo Oficio, tan celosos de la doctrina oficial,  les habría servido leer estas palabras del  Vaticano II :  “Las instituciones , leyes y mentalidades heredadas  del pasado no siempre se adaptan bien a las circuntancias actuales. De ahí esa profunda perturbación  en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de éste” (GS, 7, ). ¿ Quiénes eran perturbadores  los que trataban de cumplir con el Concilio o los que, menospreciándolo, pasaban de él? 
¿Cómo sabían que su libro  había  perturbado?
            Eso  mismo me pregunté yo,   pues en Roma  no había circulado  mi libro.  Y   para despejar dudas, contraté a un  equipo sociológico  (Colectivo sociológico Ioé)  para que hiciera una evaluación. Y la hicieron  sobre una encuesta de  363  personas que, en diversos lugares de España, habían leído  mi libro.

¿Y cuál fue el resultado?
            A  336  de los encuestados (un  95 %), el libro les  había resultado clarificador; a 17 , indiferente;  sólo a 4 les resultó perturbador.
            Los  lectores se inclinaron abrumadoramente a favor del libro,   con sentimientos de reconocimiento:
“Me aclaró y fortaleció”, “Me he sentido liberado  y me ha dado gran seguridad”,  “Me ha hecho gran bien leerlo”, “Me ha hecho romper anacrónicos esquemas”, “Me ha ayudado a vivir  mi vida sexual matrimonial”, “Me ha ha hecho sentirme  más persona, más libre, más feliz”, ”Al leerlo  uno respira,…”.
¿Sirvió la encuesta para detener el proceso?
            No. Ni sirvió  que nueve expertos  de Antropología, Etica y Teología lo avalaran con  razones y destacados elogios. 

Entonces, no le quedó más remedio que afrontar el proceso.
            Me pidieron  que respondiera  a una serie de puntos  y yo  les  hice una primera respuesta de 33 páginas. Y el  11 de  septiembre de 1985, con firma del propio Ratzinger, se  me comunicaba: :  “Las explicaciones dadas por el P. Forcano  han sido encontradas por este Dicasterio insuficientes  e inadecuadas y,  tras sucesiva aprobación  del Santo Padre, ha  retenido  que las posiciones  por él sostenidas  en los puntos indicados  no son compatibles   con la doctrina de la Iglesia”.

¿Le impondrían   medidas correctoras? 
             A mi Superior General   le demandaba vigilar mi actividad doctrinal,  controlar la  difusión del libro y  reparar el mal causado  con una retractación  pública. 
¿Hizo  esa  retractación?
            No, y esto comenzó a crear una situación   enojosa para mis superiores, pues ni las acusaciones ni el proceso tenían origen en mi Congregación claretiana.
            Desde la CDF insistieron en que contestara   a los otros  puntos cuestionados. Lo hice añadiendo a mi primera respuesta  30 páginas  más.
            Entre tanto, mi Gobierno General, muy acertadamente,  me convocó   a Roma para escucharme. Me reuní con ellos, agradecí su gesto,  pude explicarles por más de una hora y les expresé mi disposición a valorar cuantas observaciones, objeciones o correcciones quisieran hacerme. 
            Intervinieron algunos   y me confirmaron estar de acuerdo   con mi posición y  me animaron a proseguir en  mi tarea.
 
¿Quedaría complacido?  
            De momento.  Pues había que esperar a que la  Congregación para  la Doctrina de la Fe respondiera  a mis  70 folios. Lo hicieron finalmente y solicitaban   a mis superiores que  me aplicaran las siguientes medidas:

•Evitar nuevas ediciones de Nueva Etica Sexual.
•Alejarme de  la enseñanza de la  Moral Sexual.
•Alejarme de las dirección de la revista Misión  Abierta.
•Someter toda publicación religiosa mía  a  censura previa.
¿Sin  diálogo? 
            Sin diálogo. Puedes imaginar en qué quedó la satisfacción con mis superiores en  Roma. A partir de esta respuesta,la  CDF emprendía un camino absolutamente arbitrario:  cortar de raíz mi enseñanza  y, en especial,la divulgación de  mi libro.
           
¿ Y cuál fue su reacción?           
            Percibí  que se había trastocado el fondo del proceso y que  podía acabar con consecuencias muy desagradables.
            Desde el principio, pude comprobar  que no se aducían   razones que probasen los errores que se me atribuían.  Yo siempre confié en  un diálogo sereno   que aclarase, corrigiese y lograse acuerdos.

¿No fue posible?
            No . En el modo de proceder los  superexpertos de la CDF   no  admiten  más verdad que la suya,   descartan  la verdad  que pueda aportar el  teólogo cuestionado, no valoran el papel de las ciencias y de los nuevos avances bíblico – teológicos, no consideran el contexto histórico y evolutivo del  saber,   ni se  detienen a pensar que al autor le anima un  sentido de pertenencia y  de amor profundo a la Iglesia.  Invocan la Tradición como algo intocable, que sólo ellos pueden interpretar   debidamente y    no permiten  cambiarla ni  un ápice. milímetro.
         Tuve oportunidad y le pregunté a un alto cargo, que yo conocía,  si los teólogos  eran  de oficio o  elegidos para cada caso. Me contestó: “No, no, son de oficio. Pero te digo una cosa: son pocos y malos”. Ya en pista, le hice esta  otra pregunta: “Dado que está establecido que el acusado tiene derecho a saber quién le acusa, ¿por qué no se le proporciona esta información? “Hombre, me contestó: si dijéramos quién acusa, ya nunca nadie acusaría” .
¿Decepcionado? 
            Yo siempre confié en un acuerdo mediante el diálogo. Me acordé entonces de las palabras del super reconocido teólogo Yves Congar,  en Carta que le escribe a  su madre desde el exilio  inglés:
                                   “Me es evidente que Roma  jamás ha buscado  ni busca sino una sola cosa: la afirmación de la autoridad. El resto no le interesa sino como  lugar  de ejercicio de esa autoridad . Salvo un cierto número de casos , representados por hombres de santidad  y de iniciativas, toda la historia de Roma  es reivindicación , fundamentación de su autoridad, y destrucción de todo aquello que  no se conforme con la sumisión”.
            Y el gran moralista, Bernhar Häring, perito del concilio  Vaticano II, confesor de Papas, etc. ,convocado por el Santo Oficio  para exigirle que se abstuviera de toda crítica  a los documentos de este Dicasterio, escribe:
                                    “Agotado e indignado  respondí que, gracias a Dios, no estaba dispuesto a confundir la Iglesia con la CDF; de otra forma, no hubiera podido permanecer  allí  un  instante más. Salí,  tras casi dos horas de interrogatorio y de reprimendas ,  que me hicieron sentir  como un crio ante el preceptor. Deshecho, asqueado y con la cabeza a punto de estallar; pero contento en mi interior y dando gracias a Dios que me había ayudado a no someterme a ningún acto servil” ( Mi experiencia con la Iglesia, Ed. Covarrubias,  1992, p. 87).

Entonces, la  alternativa no era  otra que obedecer.
            La alternativa que  yo adopté  y también el equipo de Misión Abierta fue la de seguir exponiendo,   abiertos a un diálogo. Ellos seguramente no lo esperaban.  
           
¿Por qué?
            Porque en  casos semejantes, la respuesta suele ser el  sometimiento. En nuestro caso, la injusticia era patente y nuestra respuesta debía ser coherente con lo que veníamos enseñando.

Es decir, que desobedecieron.
            Mire: la enseñanza de la Teología Moral la había  yo emprendido en Roma,  por destino de mis superiores, dedicando tres años a la especialización. Y en el 1987  me estrené como profesor en diversos Centros,   primero de  Roma, luego de  Salamanca y de Madrid, de Colombia, etc,  así por más de 20 años.  Simultaneando me tocó asumir la dirección de la revista de Misión Abierta por 13 años, co-fundar la Asociación de Teólogos Juan XXIII, promover  los Congresos de Teología, escribir artículos en revistas y  periódicos,  inaugurar  Foros de Teología, dar conferencias , etc. etc. 
            Durante todos esos años,al abrigo de  la renovación decretada por el Vaticano II, mi tarea y la de mi comunidad se desenvolvió sin dificultad, con  notable aceptación  en el ámbito eclesial y en muchos sectores sociales.
             Ahora, no se debe olvidar que mi libro obtiene publicación por los años 80,  justo cuando ya está  en marcha la involución de Juan Pablo II. Esto explica que, aún después de dos  años de pacífica y positiva circulación,  se me  abriera  el proceso .

¿Qué significado  tiene todo esto  para Vd.?       
             Acaso no es tan difícil de entender si se parte de que el conflicto se producía por nuestra fidelidad al espíritu y cambios del  Vaticano II,   relegado  y   desactivado por  Juan Pablo II,   y  continuado luego por Benedicto XVI. El giro era de 90 grados. Y la teología, toda ella en su vertiente liberadora, quedaba bajo estricto control.   La estrategia del Santo oficio  ponía bajo pensamiento único todo el quehacer teológico. 

¿Logro imponerse?
            En general, sí. En nuestro caso la ejercieron con una  hábil extrapolación:  renunciaban  a  resolver el conflicto   via doctrinal, por carecer de  argumentos  y  transferían la batalla al campo de la obediencia : acatar un mandato que venía de arriba, como de Dios mismo . Ante él,  los ejecutores del mismo –nuestros superiores- debían hacerlo, aún sin entenderlo,  y podían quedar tranquilos: “El que obedece nunca se equivoca”, me dijo un superior provincial, luego obispo. 

¿Y cuáles fueron las reacciones?
            La autoridad claretiana, obligada a  actuar  muy a pesar suyo,  se veía  implicaba en un  verdadero via crucis. No  se trataba sólo de mi libro, sino también de la revista Misión Abierta, referente vanguardista posconciliar  de renovación, creatividad y esperanza. 
            A mí se me privaba de la dirección de la revista por causa de mi libro.Enseguida se nos comunicó  que había que someter la revista a revisión y a nueva dirección. Lógicamente el cambio no quedaba garantizado si seguía el  mismo equipo y eso determinó establecer la censura previa.
            La totalidad del equipo  propuso un modo razonable de aplicar la censura, pero  no se aceptó, y esto  provocó la  dimisión en pleno y el reemplazo por otro equipo. 

Y quedó   solucionado el problema.
            Mas bien alcanzó su punto álgido. Sobre nuestros superiores cayó como un mazazo  el mandato  de disolver la comunidad si no obedecía. Y  con pesar suyo nos impusieron  un nuevo destino, con  reincorporarción  de cada uno a su   Provincia religiosa de origen.

¿Cumplieron el mandato? 
            La obediencia es una virtud  cuando es para cumplir un mandato justo. A nosotros nunca se nos planteó antes este problema. Sí , ahora. El asunto era  si sólo hay que  saber obedecer, o también hay que saber mandar. El bien que se ordena, o el mal que  se intenta evitar, es anterior  a la voluntad del que manda y no depende ella. Una  cosa no es buena o mala porque  se manda o se prohibe, sino que porque es buena o mala se manda o se prohibe.

¿ Y entonces?
            Debidamente asesorados, entramos en  el complejo camino de mostrar lo  injusto del mandato. Lo recurrimos   en escala ascendente:  desde el  Superior provincial hasta el último escalón de la Signatura Apostólica. Acaso este hecho  comunitario sea nuevo  en la historia de la Iglesia. Pero lo hicimos.  Y contarlo en detalle daría  para un libro.

¿Puede recapitular algo de  lo ocurrido?
            Casi me resisto, pero resultaría peor callar y darlo como aprobado.
            En tan grave asunto, no podíamos   proceder a la ligera. Decidimos  contar con la opinión de un destacado experto de La Rota . Estuve con él y  le procuramos toda la información. A los pocos días, nos comunica que le ha impresionado nuestra  actitud y el dossieer  de nuestro informe y que acepta ayudarnos hasta el final.
            A su ayuda, quisimos añadir la de dos buenos entendidos en este campo: una, la del rector de la universidad de Salamanca y otra la del abogado mejor considerado  de  los ocho existentes en   Roma para estos casos.   La reacción de este último, fue inmediata: “¡ Peccato, sta dietro Ratzinger!” - ¡Lástima, está detrás Ratzinger!”       
            Visto el carácter  que iba tomando todo el proceso,  no descartábamos se  llegara a la expulsión. Y en tal caso, necesitábamos   un obispo benévolo que nos acogiera. Barajamos el nombre de varios obispos,  pero nos inclinamos  por Pedro Casaldáliga, claretiano, obispo en Sao Félix do Araguaia, en  el Mato Grosso de Brasil. Estábamos en contacto con él y estaba superinformado.
            En el  momento oportuno, lo visité. El encuentro fue emocionante. A los dos días de llegar, invitó a reunirnos y lo primero que dijo ,  fue:  “Mira, Benjamín, por el amor que os tengo , contad conmigo incondicionalmente  hasta la  muerte: soy vuestro obispo”.   Casaldáliga, una vez más, era Casaldáliga.  
            Las cosas se fueron sucediendo. En el 1988,  la intervención de las Congregaciones romanas tenía claro su objetivo: lograr de  las autoridades  claretianas anular nuestra labor, llegando si fuera preciso a suprimir  nuestra comunidad, dándonos nuevo  destino.
            Nosotros les avisamos que seríamos consecuentes y  en consecuencia nos opusimos a dichos destinos y a la disolución de nuestra comunidad.
           
¿Y qué hicieron?
            Recurrimos al Superior General, luego a la  Sagrada  Congregación de Religiosos y así hasta el escalón final de la Signatura Apostólica. En ella, la decisión última pendía de 15 cardenales. Uno de ellos, del Opus, hizo de relator de nuestro caso.  Al final, este Tribunal Supremo cerraba el caso confirmando el  decreto definitivo de nuestra expulsión: Año 1993.

Tremendo,  incluso para sus superiores.
            Sí, pues  de haber dependido de ellos, no se hubiera llegado a ese extremo. Lo pasaron muy mal, hicieron todo lo posible, idearon salidas posibles, pero al final  el decreto pesaba sobre ellos y tenían que hacerlo realidad.  Un no a la autoridad suprema, nadie sabe los efectos que hubiera podido acarrear para la  Congregación claretiana. 

¿Y dentro del mundo que les conocía   qué efecto tuvo  la sentencia?
            La  avalancha de  adhesiones y pronunciamientos fue enorme , dentro y fuera de España: obispos, religiosos , sacerdotes y laicos,  colectivos de todas partes,   personalidades  relevantes, etc. La indignación que se sentía,  sirve para comprender el tiempo justo en que vivíamos,  el espiritu amenazado  que el Concilio había alentado, etc., y en el que nosotros habíamos puesto empeños y desvelos sin cuento.
            Para medir la magnitud y calidad de la solidaridad, habría que  leer  los cientos de esas adhesiones. Sirvan  unos testimonios de muestra.
            - “He leido su libro. Ciertamente  es expresión de gran sinceridad y también de gran amor  a la Iglesia y  de un gran   esfuerzo  para que la Iglesia muestre su  verdadero rostro  a imagen de Cristo misericordioso…. Me ha  producido   gran  pena leer  las seis páginas “judiciarias” que le ha enviado el  Santo Oficio…Detrás de todo  está un concepto  de Iglesia-Magisterio estático y ahistórico… Consideran  al grupo  de sus expertos  como super-expertos  y detentadores de la verdad.¿Es que sólo ven en los teólogos no repetidores  adversarios, hombres peligrosos?   ¿Qué hacer?  Sufrir con Cristo y por su Iglesia, pero también  reclamar justicia y fórmulas más  respetuosas para con el teólogo acusado.   Si las medidas propuestas  son publicadas  se puede esperar una tempestad  que dañará a quien impone tales medidas”  (Bernard Häring, Teólogo moralista, Roma - Profesor mío por dos años).

            - La comunidad de los seis es una  comunidad humana  y cristiana y religiosa  como pocas veces  se encuentra en la Congregación… ¿Qué decide  en la Madre Iglesia y en la Madre Congregación: el buen espíritu o el derecho dudoso? Yo no sé si doy del todo en el clavo, pero me entristece  la impresión de que la Congregación esté jugando el papel de Pilato: “Si no los condenáis,  no sois amigos del César” y valga la comparación , yo me siento bastante en el papel  de la mujer de Pilato: “dejadlos ya en paz, que he sufrido mucho por ellos” (Josep Cascales, claretiano – Viena).

            - “Yo acompaño desde el principio a Misión Abierta…Y debo decir, con firmeza, que la revista ha hecho mucho bien; que todos su números han sido  para mi, personalmente, un estímulo eclesial y una luz.  Que ocupa un espacio necesario en  la Iglesia de España y de Latinoamérica. Sería muy lamentable  que la Congregación, por timidez excesiva  o por falta de pluralismo  necesario, cerrase ese espacio misionero, evangelizador, claretiano”     ( Pedro Casaldáliga, obispo, Sao Félix do Araguaia, Brasil).
¿Quiere añadir algo a esta entrevista?
            Sí, lo dicho aquí  no es sino un preámbulo  para mejor entender el libro. Señalo  la idea central que lo anima para quien  quiera  adentrarse en  sus 454 páginas.
            “Nueva Ética Sexual” está entrelazado con un único hilo  que le da unidad : la persona. La historia de la moral es una historia del menosprecio y sometimiento de la persona. Hablamos de la represión y del temor obsesivo a la sexualidad, como también de la  inferioridad, postergación y esclavitud de la mujer. Y hablamos de la necesidad de una revolución sexual.  Pero, ¡ojo!,  porque la revolución que hay que hacer es personal y no sexual.

            La persona es en cada uno,  sujeto individual,  único, irrepetible, que nace, crece y se realiza  en una  comunidad, en una cultura y en una historia.
              Un sujeto que asume su vivir como convivir con los demás, obrando con conocimiento, respeto y cuidado , tal como él quiere que los demás  lo hagan con él.
            Un convivir guiado por el conocimiento, el respeto y el amor: el otro no es yo y yo no soy el otro hasta no reconocer que somos idénticos en dignidad, derechos y obligaciones. Seres humanos para convivir, sin  opresión o dominación de nadie. Son las personas, no los cuerpos ni los espíritus, sino la totalidad de cada uno, la que convive con una relación de amor




lunes, 19 de septiembre de 2016

La ley de los matrimonios Homosexuales.

Un paso más en el camino de la Tolerancia



1. La realidad toma la palabra
            Me refiero naturalmente a la realidad humana. Porque humana ha sido siempre la realidad homosexual. Desde siempre, en casi todos los pueblos y culturas, ha existido esa realidad aunque no en todas ha sido idéntica la manera de valorarla.
            Nos encontramos aquí con un tema que, de inmediato, nos asombra. Ha sido una constante su existencia y, sin embargo, han sido muchos los siglos de encubrimiento y de dolor. Al fin, parece amanecer un una nueva luz, que la estudia y reconoce.
            Es cierto que la cultura heredada o dominante determina en gran parte los comportamientos de la sociedad. ¿Pero, qué ha ocurrido para que hoy, a poca distancia de lo anterior, las cosas comiencen a verse de otra manera?
            La sociedad española -y el resto del mundo- se ha dividido en torno al tema del matrimonio homosexual: unos a favor y otros en contra. El sustrato de esa división está en la cultura, que alberga dos visiones distintas de percibir y entender. La división estaba latente, ha venido creciendo, pero ha sido hoy cuando el estudio histórico y la evolución cultural han permitido su manifestación pública.
            La realidad de los sujetos sufrientes se ha hecho palabra, ha podido ser escuchada y ha originado debates, cuestionamientos y ha obligado a repensar el mundo heredado. El efecto del enfrentamiento –tanta veces ejercido negativamente en la historia- desaparece si se cambia la causa cultural que lo produce. No hay conflictos sin ideas que los sustenten. Afortunadamente, el clima de una mayor libertad y pluralidad, los estudios históricos y científicos, nos han hecho salir del rechazo mutuo y del dogmatismo para encaminarnos a la escucha mutua y el diálogo. Es la hora del encuentro, del escuchar y comprender, del reflexionar y del activo respeto a las razones del otro. La verdad es de todos y entre todos debe ser fijada.


2. La práctica de la homosexualidad en la Europa premoderna:


            Sé que a muchos este punto les va a sorprender y, naturalmente, manifestarán inmediato rechazo. Pero, se impone aludir a él por ser rigurosamente histórico y servir para rectificar la imagen dogmática de que la homosexualidad ha sido siempre prohibida por el cristianismo. Rectificar en este punto, se nos ha dicho con palabras oficiales, sería capitular como nunca en uno de los puntos clave de la doctrina cristiana. La traición a la Biblia, a la Tradición y al Magisterio tendría aquí su grado máximo de postración.
            Casi como preámbulo imprescindible, considero importante registrar la investigación realizada por John Boswell, - 12 años de trabajo- publicada en sus dos volúmenes “La Boda de las Semejanzas”, con un total de 606 páginas (Muchnik Editores).
John Boswell , apoyado en fuentes documentales extraordinarias, presenta una tesis estremecedora“La iglesia primitiva (siglos VI al XIII) no sólo era tolerante con las relaciones románticas y eróticas entre varones, sino que las santificaba ceremonialmente”.

            Expongo algunos de sus puntos fundamentales.
            Un lector moderno tiene una preocupación prácticamente obsesiva por el amor romántico y las pautas del emparejamiento en las sociedades antiguas. Pero, muy pocas de las culturas premodernas convendrían en admitir que “el fin de un hombre es amar a una mujer y el fin de una mujer es amar a un hombre” , sería esto una pobrísima medida del valor humano. De igual manera, el lector moderno supone casi universalmente que el amor romántico va unido inextricablemente al matrimonio, lo cual es un error histórico.
            En el Occidente moderno es notable el horror ante la homosexualidad, a partir sobre todo del siglo XIV. Pocas culturas han convertido la homosexualidad en ese tabú moral primario y singular que ha sido para la sociedad occidental: “el pecado innombrable”, “el vicio inmencionable”, “el amor que no se atreve a pronunciar su nombre”. La magnitud de esta repulsión llega a considerar los actos homosexuales como más horribles que el mismo asesinato, el matricidio, el abuso de menores, el incesto, el canibalismo, el genocidio, e incluso deicidio, pues estos son mencionables, en tanto que los actos homosexuales no lo son y expresan categoría moral inferior. Debido a su condición de tabú los actos en cuestión no eran nombrados ni analizados, eran los pecados peores.
            Son históricamente innegables las uniones litúrgicas entre personas del mismo sexo, por más que la sociedad occidental propenda en términos generales a excluirlas por pensar que el matrimonio es esencialmente unión de macho y hembra. A quienes están habituados a rechazar esas uniones entre personas del mismo sexo, les resultará difícil entender que esas uniones no son en la tradición occidental una aberración extraña.


            En la investigación de Boswell encontramos algunas claves para la comprensión del tema.

2. 1. El matrimonio no es declarado sacramento hasta el siglo XIII.

Antes del año 1000, la bendición (eclesiástica) de un matrimonio contraído de manera laica se consideraba un favor. La Iglesia no interfería en las bodas, la ceremonia eclesiástica era vista como un simple corolario de la boda pública, lo cual daba lugar a una gran flexibilidad de formas rituales y diversidades regionales.                      Los seres humanos de las sociedades cristianas se casaban, pero seguían las costumbres étnicas antiguas, algunas equivalentes a las leyes romanas y de las cuales derivó el derecho de la Iglesia.
                        En la Edad Media el motivo del matrimonio no era precisamente el amor, aun cuando existiera conexión entre uno y otro. Aunque a regañadientes, fue aceptado el concubinato y era corriente el divorcio. El divorcio y el nuevo matrimonio tras la muerte de un cónyuge fue oficial. Sólo posteriormente comenzaron a prohibirlos los primeros teólogos y fueron ellos y los canonistas quienes se esforzaron en cierta medida en exhortar al pueblo bajo que el matrimonio heterosexual era la única relación erótica legítima entre un hombre y una mujer y que debían hacerlo mediante un pacto exclusivo y permanente. De hecho, la Iglesia tuvo que esperar hasta el cuarto concilio Lateranense (1215) para declarar al matrimonio sacramento y elaborar reglas canónicas en el modo de celebrarlo.

 2.2. La ceremonia de unión es entre personas del mismo sexo

                        La ceremonia de unión entre personas del mismo sexo “es cierto que tienen lugar en colecciones manuscritas de todo el mundo cristiano –desde Italia a la isla de Patmos y el monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí- y se encuentran en algunos de los manuscritos litúrgicos griegos más antiguos de que se tiene noticia.

                        Sin embargo, en la época en que esos manuales se imprimieron , el prejuicio en Occidente contra cualquier forma de interacción entre personas del mismo sexo muy pronunciado.
                        La ceremonia durante el siglo XII, época de florecimiento de ceremonias matrimoniales litúrgicas, se transformó en un oficio completo durante el cual se encendían las velas, ambas partes colocaban las manos sobre los Evangelios, unían la derecha, las manos eran atadas con la estola del sacerdote (o se cubría con esta ambas cabezas, además de incluir una letanía introductoria (como la de Barberini 1) , la coronación, la plegaria del Señor , la Comunión , un beso y, veces, un paseo alrededor del altar. Lo más probable es que dichas ceremonias se desarrollaran a través del incremento de la práctica local y de clérigos individuales elocuentes.

                        La ceremonia tiene lugar en una amplia variedad de contextos, pero el más corriente, con mucha diferencia, es el del matrimonio, por lo general en el orden siguiente: esponsales heterosexuales, ceremonia de un primer matrimonio heterosexual, ceremonia de un segundo matrimonio heterosexual, (oficio diferente, con énfasis menor en la procreación), y oficio de unión entre personas del mismo sexo.                       Alrededor del treinta por ciento de los manuscritos consultados para este estudio, el matrimonio heterosexual aparece inmediatamente antes o inmediatamente después de la ceremonia de unión entre individuos del mismo sexo”
(Cfr. Las Bodas de la Semejanza, pp. 321-323)



                        En esta ceremonia cabe resaltar tres elementos importantes: 1º) Solemnizan una unión voluntaria y emocional entre dos personas. 2º) La ceremonia es homosexual en el sentido más obvio de esta palabra (de un solo sexo). Si lo era con sentido erótico es tan difícil de responder como en el caso de parejas heterosexuales sin hijos: “El vivir juntos por un largo tiempo y el compartir un hogar debieron ser determinantes decisivos de una pareja compuesta por un hombre y una mujer en su contexto social concreto (es decir, entre vecinos, amigos y parientes), tuvieran o no hijos o hubieran o no participado en un servicio religioso en la Iglesia.

                        Y en el caso de la ceremonia de unión entre personas del mismo sexo , lo más probable es que, a ojos de los cristianos corrientes, el que ambas personas permanecieran ante el altar con las manos unidas (símbolo tradicional del matrimonio) , el que fuesen bendecidas por el sacerdote, compartieran la comunión y ofrecieran luego un banquete a la familia y los amigos –todo ello, parte de la unión entre individuos del mismo sexo en la Edad Media- significase un matrimonio” (Idem, pp. 327-330).

                        Todo esto nos dice que, por inesperada e inquietante que parezca, es innegable la antigua ceremonia cristiana de unión entre personas del mismo sexo, que tenía lugar en iglesias y era oficiada por sacerdotes.

                        Aunque no es fácil, por encontrarse agotado, recomiendo a los lectores acercarse a las 114 páginas de la obra del Boswell, que recogen 18 TEXTOS, con rigurosa anotación de los Documentos en que aparecen, y comprobar en ellos el desarrollo de la ceremonia matrimonial entre personas del mismo sexo: cómo los recibe el sacerdote, donde se colocan los que se unen, los gestos que unos y otros hacen, las lecturas, oraciones, himnos o salmos que recitan, etc. etc.

3. La práctica homosexual en el Occidente moderno

            Nuevo hecho: obsesión contra la homosexualidad

                        “A partir del siglo XIV, escribe Boswell, Europa occidental fue dominada por una furiosa obsesión contra la homosexualidad, considerada como el más horrible de los pecados” (Idem, p. 447).
                        La unión entre personas del mismo sexo comenzaron a ser consideradas como sospechosas y, en muchos lugares, a ser prohibidas y castigadas por la cárcel y la pena capital.

                         La evolución hacia la prohibición y desaparición fue muy lenta, pues se trataba de un ritual antiguo, muy arraigado y que, pese a todo, seguía practicándose en muchas partes con la misma naturalidad que el matrimonio heterosexual. Más que argumentos en contra, operaba una especie de repulsión visceral y, en virtud de ella, las ceremonias fueron poco a poco reprimidas y en los rituales litúrgicos se observaban hojas arrancadas, mutiladas o deformadas.
Por otra parte, la mayor parte de los antropólogos hasta fechas relativamente recientes, se vendaron los ojos para no analizar estos hechos históricos, que les parecían desconcertantes y lanzaron pantallas de humo que oscurecían sus aspectos más inquietantes.

                        A partir de los finales del siglo XX “Los estudiosos ya no pueden presumir de una investigación social seria sobre la base del supuesto, moral o empíricamente erróneo, de que los sentimientos o la conducta homosexuales son “anormales” , peculiares, o intrínsecamente improbables. En las primeras décadas del siglo XX fue un hecho corriente en Europa afirmar que existen culturas que no incluyen el erotismo entre individuos del mismo sexo; los avances científicos de los años cuarenta y cincuenta fueron debilitándolas y en la actualidad los científicos sociales las consideran con escepticismo y sólo como prueba de un patrón cultural inusual, que requiere una comprobación verdaderamente sólida.

                        No obstante, gran parte de los datos antropológicos acumulados antes de las últimas décadas llevan estampado , y de forma muy visible, el sello de la mojigatería, la ignorancia o la reticencia a este respecto, y a menudo dan la impresión de que en las culturas no industriales la homosexualidad era desconocida” (Idem, Pg. 464-465).

 
4. Influencia del papel ideológico de la Iglesia en la Europa moderna
            No deja de sorprender, después de lo expuesto anteriormente, cómo es posible haber llegado a nuestros días con esa furiosa obsesión contra la homosexualidad y los homosexuales. Lo hemos experimentado con ocasión de la aprobación de la Ley de Matrimonios Homosexuales (1 de julio de 2005) en nuestro país.             ¡Qué cosas no se dijeron y qué juicios no se vertieron por algunos jerarcas católicos sobre esta ley! El punto culminante fueron las movilizaciones públicas con plástica presencia de numerosos obispos, nunca sin embargo presentes en la calle para denunciar otras injusticias graves o reivindicar derechos humanos lesionados.
           La polvareda pasó y es hora de ordenar y esclarecer un poco la verdad de los hechos. Urgente cometido porque todavía siguen resonando, en una y otra parte, palabras oficiales, que resultan obviamente duras: “La particular inclinación de la persona homosexual , aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia , más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. La inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales”, 3, - I-X-1986-).

 5. Fidelidad a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al Magisterio
            La Iglesia católica enseña que Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio van entrelazados, pero la Sagrada Escritura es la fuente primaria de la cual beben la Tradición y el Magisterio. Obviamente, es tarea de la Iglesia transmitir la enseñanza de la Escritura. Pero esa transmisión se perfecciona gracias a que aumenta la comprensión de las cosas y nunca llega a su plenitud. La Iglesia nos advierte  que una interpretación de la enseñanza bíblica requiere hoy conocer los géneros literarios y el contexto global del momento y lugar en que se produce esa enseñanza (DV,12).

            La Biblia no cae sobre el pueblo de Israel como un meteorito fulgurante que le proporciona las enseñanzas como salidas directamente de la boca de Dios. Más bien es la elaboración de un pueblo que refleja su caminar histórico, su modo de relacionarse y creer en Dios y las consecuencias que de ahí saca para organizar su convivencia y establecer sus relaciones cono los demás pueblos.

            Enseñanzas, leyes y ritos recogen esa fe y los dirigentes se preocupan de que esa fe inspire y guíe la vida del pueblo. Pero no hay que olvidar que , en la vivencia de esa fe, se interpone como mediación irremediable la búsqueda histórica, racional, ética y política del pueblo de Israel, evolutiva por definición, y compartida en muchos elementos con los pueblos y culturas circundantes. Y a nadie, espero, se le ocurrirá pensar que esa mediación hay que entenderla al pie de la letra, darla como acabada y asumirla como perfecta. El Antiguo Testamento es perfeccionado por el Nuevo y el Nuevo deja abiertas mil cuestiones al estudio y progreso humanos. Es lo que ocurre con la homosexualidad y la unión de personas del mismo sexo.

            En este sentido, querer deducir la inmoralidad de la homosexualidad por una serie de textos del AT y algunos del Nuevo, sin tener en cuenta el momento histórico y cultural de entonces y los posteriores avances de la conciencia y ciencias humanas, es fundamentalismo bíblico, el cual tiende a deducir que en esos textos aparece clara la voluntad de Dios. La formulación de los textos del AT reflejan un momento de la revelación divina, pero esa revelación no se ha acabado y debe ser respetada y reconocida en las aportaciones posteriores de la investigación histórica y del saber humano.

 


Atendiendo a los textos bíblicos sobre el tema: ( Gen 9,18-27; 19, 1-29; Jue 19,1-30; Dt 23,18-19; 1 Re 14, 22-24; Job 36, 13-14; Lev 18, 22; Mt 10, 14-15/11,23-24; Lc 10,12; 17,29; 1Pe 2,4-8; Judas 6-7; Rom 1,18-32; 1 Cor 6,9-11; 1Tim 1,8-11), una recta y moderna interpretación, según la doctrina de la Iglesia:

                        5. 1. Entiende que la Biblia es palabra de Dios y palabra humana al mismo tiempo. Hay que distinguir entre lo que es mensaje fundamental de la revelación y sus condicionamientos históricos.

                        5.2. Dios nos habla y se revela, antes que nada, en la vida, (hechos, historia, ) y se revela también en los escritos de la Biblia para ayudarnos a entender mejor el sentido de la vida. La lectura de la Biblia está orientada toda ella a la vida, a anunciar y garantizar la vida plena del pueblo: su felicidad y libertad.

                        5.3. Los textos de la Biblia no son para ser usados como respuesta única y segura a nuestros problemas. El discernimiento de cuál sea para nosotros la voluntad de Dios hay que buscarlo en esos textos ciertamente, pero sin olvidar que es imprescindible el estudio del avance de las ciencias, de los signos de los tiempos y nuestra propia responsabilidad.
                         Un cristiano, que quiera proceder con perfecta hermenéutica, debe saber que puede haber mucha gente –por lo común ilustrada y docente- que presume de saber y proclamar cuál es la voluntad de Dios y las normas que la manifiestan, pero en realidad de verdad el criterio seguro es otro: practicar el amor hacia el pobre, abatido y necesitado, aun cuando muchos que esto hacen –frecuentemente incultos, menospreciados, incluso herejes- desconozcan las leyes. Las leyes, si atendemos al mensaje de Jesús, no existen ni deben ser recordadas para ofender, humillar y producir muerte sino para liberar y dar vida.                  La Escritura no es cumplida por quien sabe mucho de leyes sino por quien la cumple con corazón misericordioso. El sacerdote y el levita sabían muy bien lo que debían hacer con el prójimo asaltado y  maltrecho, pero sólo el samaritano lo cumplió correctamente.

 
 
                        5.4. A la hora de interpretar los textos sagrados, es prioritario y de primera importancia el Evangelio. No hay otro que tenga igual valor. Y, en referencia a la homosexualidad, no encontramos ningún texto evangélico que muestre a Jesús condenando la homosexualidad.

                        5.5. En el Antiguo Testamento se lee: un hombre puede vender a su hermana como esclava (Ex 21, 7); no se puede tener contacto con ninguna mujer que esté en su período de impureza menstrual (Lv 15,19-24); puedo tener esclavos mientras sean de naciones extranjeras (Lev 25, 44); el que trabaja en sabat debe recibir la pena de muerte (Ex 35, 2); comer marisco es una abominación (Lev 11,10); no te puedes acercar al altar de Dios si tienes un defecto de vista (Lev 21, 20); si tocas la piel de un cerdo muerto te conviertes en impuro (Lev 11, 6-8); no se puede llevar un vestido de dos tejidos diferentes ni se puede maldecir ni blasfemar, y quienes tales cosas hagan deben ser lapidados por el pueblo (Lev 19,19).
                        . ¿Me es lícito realizar, porque así está escrito en el AT, algunas de esas cosas indignas e intolerables y debo recibir los castigos enumerados por no cumplir otras no menos indignas?

 6. La ley, expresión y garantía de respeto a la realidad

            Las leyes, para que sean válidas y vinculantes, tienen que contener y promulgar valores que atañen al bien del ser humano, individual o comunitario. Una verdadera ley nunca es vacía o arbitraria, no nace de la voluntad del que manda. Eso sería establecer como fuente del bien y del mal -de los valores- la voluntad humana, justificando toda suerte de despotismo. Las leyes no son buenas o malas por quien las manda, sino por lo que manda: no son buenas porque están mandadas, ni malas porque están prohibidas; sino que porque son buenas están mandadas y porque son malas están prohibidas.
            La ley tiene como base y contenido la realidad, mayormente humana: ella es portadora de moralidad. Un primer nivel, el más profundo, es el que llamamos ley natural. Esa ley contiene lo más íntimo de uno mismo, todo lo que uno es y vale como persona. El valor de esa ley natural es hondo y universal y consiste fundamentalmente en amar: reconocer y estimar la dignidad de todos como la de cada uno: “Lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás”.

            Un segundo nivel de la moralidad humana viene contenido y expuesto en la ley positiva: leyes civiles. Un nivel más indeterminado éste, que requiere, para poder convivir, ser precisado con el máximo de estudio, experiencia, sabiduría y empeño de todos.

7. La ley de matrimonios homosexuales

                        “-La relación y convivencia de pareja , basada en el afecto, es expresión genuina de la naturaleza humana y constituye cauce destacado para el desarrollo de la personalidad, que nuestra Constitución establece como uno de los fundamentos del orden político y la paz social.
                        -En la diferencia de sexo se ha encontrado tradicionalmente uno de los fundamentos del reconocimiento de la institución por el derecho del Estado y por el derecho canónico. Por ello, los códigos de los dos últimos siglos, reflejando la mentalidad dominante, no precisaban prohibir, ni siquiera referirse, al matrimonio entre personas del mismo sexo, pues la relación entre ellos en forma alguna se consideraba que pudiera dar lugar a una relación jurídica matrimonial.

                        -La convivencia como pareja entre personas del mismo sexo basada en la afectividad ha sido objeto de reconocimiento y aceptación social creciente y ha superado arraigados prejuicios y estigmatizaciones.

                        -La historia evidencia una larga trayectoria de discriminación basada en la orientación sexual, discriminación que el legislador ha decidido remover”.


(Ley de matrimonios homosexuales, I – Exposición de motivos)
             Al fondo de la nueva ley sobre matrimonios homosexuales, promulgada por el Gobierno, subyace una pregunta fundamental: ¿la homosexualidad es una enfermedad, una desviación, una perversión o una condición normal de muchas personas? ¿Es o no portadora de valores morales? Para muchos, la homosexualidad es una variante legítima de la sexualidad humana.
            Ni científica, ni ética ni teológicamente puede demostrarse que el contenido de la sexualidad humana es únicamente el heterosexual. Históricamente no se puede asentar que la relación y matrimonio heterosexual hayan sido el único existente, razón por la que no se puede erigir en modelo único y obligatorio para todos.


            Un criterio de valoración podría ser este: la sexualidad humana, incluso la heterosexual, no tiene su razón de ser en la procreación, sino en la fusión y complementariedad de la pareja para un proyecto de vida en común, que conlleva la potencialidad de ser fecunda como consecuencia de su amor. Pero esa potencialidad puede quedar sin actuar, por diversas razones y, no obstante, la pareja sigue teniendo plena razón de ser: “La comunidad matrimonial heterosexual, dice el Concilio Vaticano II, es una comunidad íntima de vida y de amor” (GS, 50)

            No, pues, un contrato para procrear, como se decía en el código de Derecho Canónico.
            Del mismo modo, un proyecto de unión homosexual es una comunidad íntima de vida y amor, actualizable desde las condiciones básicas de un amor interpersonal, sin posibilidad obviamente, de paternidad o maternidad biológicas, pero sí de otras fecundidades.

 8. Competencia del Estado sobre las leyes humanas
            El Gobierno actual ha aprobado un proyecto de Ley que equipara a los matrimonios homosexuales con los heterosexuales, sin pretender con ello herir o rebajar la dignidad del matrimonio heterosexual. El denominado matrimonio homosexual no es un hecho de ahora, más bien queda demostrado como pacíficamente implantado y bendecido en la cristiandad de la Edad Media.Hoy, las ciencias declaran como normal la condición homosexual, el Consejo de Europa insta a los Gobiernos a suprimir cualquier tipo de discriminación en razón de la tendencia sexual y Constitución Española declara que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de sexo” (Art. 14).
Film que trata la homosexualidad en el clero, una visión muy recomendable
            El poder político se propone con esta ley asegurar la protección social, económica y jurídica de las personas. Sólo quien siga pensando en la homosexualidad como algo pernicioso y detestable se opondrá. La modernidad nos ha traído la posibilidad de vivir en una sociedad laica y democrática.

            Ningún católico, que yo sepa, deja de ser laico y demócrata por el hecho de ser católico. Y acepta gustoso que, en nuestro país, las leyes de la convivencia sean elaboradas y aprobadas por las Cortes Generales. Por lo común, las leyes en una sociedad moderna y democrática son expresión de la voluntad de los ciudadanos, los cuales en debate público han expuesto sus razones y han logrado asentimiento mayoritario. Y, una vez aprobadas, esas leyes son espejo de una realidad que nos la recuerdan para cumplirla.
            Resultan, por ello, sorprendentes las palabras, que en su momento, pronunció Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española: “Todas las cosas del hombre son objeto de la Teología. El Magisterio de los obispos abarca todas las cuestiones de fe y moral… El Parlamento no es una autoridad moral, es una institución política. Nadie más puede legislar que él, y sus leyes deben cumplirse si son justas, pero no es una institución moral”.
           

            Una de las funciones de todo gobierno democrático es legislar, de acuerdo al Bien Común y con la garantía de un consenso democrático mayoritario. Las leyes, ciertamente, no bajan del cielo ni vienen de la nada. Son expresión de lo que una sociedad -en este caso democrática- piensa debe hacer para respetar la dignidad humana y garantizar los derechos y deberes de todos. Los legisladores tratan de elaborar leyes escrutando y sancionando las exigencias de la persona.

                                   “El establecimiento de un marco de realización personal , que permita que aquellos que libremente adoptan una opción sexual y afectiva por personas de su mismo sexo puedan desarrollar su personalidad y sus derechos en condiciones de igualdad, se ha convertido en exigencia de los ciudadanos de nuestro tiempo, una exigencia a la que esta ley trata de dar respuesta”. ( Ley de Matrimonios homosexuales, I - Exposición de motivos).

            En ese sentido, las leyes -si son leyes de verdad- no pueden ser neutras, amorales o inmorales, no tienen más valor que el que los legisladores con todos sus medios y conocimientos extraen de la realidad de la persona. La persona limita toda extralimitación o abuso, que pretenda atribuirse cualquier instancia legislativa. Y, en ese sentido también, las instancias que legislan no son neutras, inmorales o amorales, más bien se revisten de autoridad moral, aquella que les confiere su título de ser conocedores e intérpretes responsables de la realidad de la persona.
            Leer (legere, lex, ley) la realidad, conocerla, para luego promulgarla en leyes y hacerlas respetar, es lo que hacen los legisladores. En ese sentido, tienen autoridad moral, porque hacen de conocedores e intérpretes, de mediadores entre la realidad estudiada y los ciudadanos.

 9. La Iglesia no tiene el monopolio de interpretación sobre las leyes humanas

            ¿En virtud de qué el magisterio episcopal habría de tener el monopolio sobre todas las cuestiones que atañen a la moral?

             La realidad natural de la persona, como fuente de moralidad, es anterior e independiente de la intervención del magisterio episcopal, posee un significado y una autonomía que no depende de la voluntad de dicho magisterio y sobre ella las sociedades tienen competencia de inquirir, deducir y establecer su significado, sea a través de los parlamentarios, de los obispos o de cualquier otro grupo, pero sin exclusividad.

            En esa búsqueda, confieren autoridad moral los argumentos de quienes mejor y más acertadamente describen el conocimiento y respeto de esa realidad. El concilio Vaticano II aporta sobre esto un magisterio cristalino. El significado y leyes de que están dotadas todas las cosas creadas no están a merced de la manipulación de nadie, son intrínsecamente consistentes, nadie las puede expropiar de ese significado que hay que profundizar desde la constante evolución del saber, que nos va precisando su sentido, sus exigencias y las contradicciones que con ellas, por ignorancia, fanatismo y otras razones, hemos ejercido a lo largo de la historia.

             Ese reconocimiento corresponde a la voluntad divina, de modo que oponerse a él o negarlo es ir contra Aquel que nos ha dotado de la ley dinámica del conocimiento.  Aquí es obvio el cruce entre el saber racional y el de la fe, pero no tiene por qué ser excluyentes, pues el creyente debe moverse con naturalidad dentro del saber racional y el no creyente puede acceder al campo de la fe y potenciar seguramente aspectos comunes de esa verdad.

            Los obispos tienen derecho a opinar sobre todas las cuestiones humanas. Pero deben entender y respetar que otras personas, católicas o no, puedan opinar de otra manera, si se trata de cuestiones humanas, en las que cabe un pluralismo legítimo y sobre las que ni los mismos católicos vienen obligados a expresar un pensamiento uniforme. Es el caso de la ley sobre los matrimonios homosexuales.     En esa cuestión, la Iglesia católica no puede aducir que posee una normativa moral específica, que va más allá de la norma racional, pues como muy bien dice el gran teólogo Schillebeeckx: “ En lo que respecta a la homosexualidad, no existe una ética cristiana. Es u n problema humano, que debe ser resuelto de forma humana. No hay normas específicamente cristianas para juzgarlas” (Soy un teólogo feliz, Madrid, 1994, Pg. 124).


            Por lo tanto, resulta impropio que dirigentes eclesiásticos pretendan intimidar las conciencias de fieles recordándoles que sobre este punto existe una doctrina católica que están obligados a seguir y, en virtud de la cual, pueden y deben hacer objeción de conciencia. Cualquier católico, incluidos por su puesto los obispos, puede ejercer objeción de conciencia contra esta ley, si tienen motivos para ello, pero no presentar y mucho menos imponer la propia opinión como opinión general de la Iglesia: “In dubiis libertas”, “En las cosas dudosas, libertad”.

              Una ley de valores “constitucionales”
            Después de todo lo expuesto, no encuentro mejor manera de calificar la nueva ley promulgada que transcribir estos párrafos de la misma:

“-La Constitución, al encomendar al legislados la configuración normativa del matrimonio, no excluye en forma alguna una regulación que delimite las relaciones de pareja de una forma diferente en la que ha existido hasta el momento. Fundamentos constitucionales de esta ley son: la igualdad efectiva de los ciudadanos en el libre desarrollo de su personalidad, la preservación de la libertad en lo que a formas de convivencia se refiere y la instauración de un marco de igualdad real en el disfrute de los derechos sin discriminación alguna por razón de sexo, opinión o cualquier otra condición personal o social. -En este contexto, la ley permite que el Matrimonio sea celebrado entre personas del mismo o distinto sexo, con plenitud e igualdad de derechos y obligaciones cualquiera que sea su composición”.
(Ley de matrimonios homosexuales, I – Exposición de motivos).



 

Revista Exodo, “La sociedad dividida”  Nº 85, Pgs. 19-27